10 de agosto y debido proceso

10 de agosto de 2020


Hoy, 10 de agosto de 2020, pasados ya 211 años de la revolución del 10 de agosto de 1809, trataré de desentrañar lo que la elite quiteña, en su movida fracasada, entendió por ‘debido proceso’ frente a su accionar. Y obtener de ello una conclusión actual.

Para empezar debemos comprender que una Audiencia española era, esencialmente, un tribunal judicial. En algunos casos, las Audiencias se encargaban de tareas administrativas, pero ese no era el caso de nuestra Audiencia de Quito, la que era una de las tres Audiencias subordinadas (también llamadas ‘menores’) de la monarquía española en América. Las otras dos ‘menores’ eran Guadalajara y Chuquisaca.

La experiencia judicial de varios siglos de operar en la periferia pobre de un vasto imperio había producido una burocracia corrupta, demorada y arbitraria. Y por esta pesada losa colonial, lo que pudo producir la mente jurídica de la élite quiteña, a guisa de ‘debido proceso’, fue este engendro:

“El que disputase la legitimidad de la Junta Suprema constituida por esta Acta tendrá toda libertad bajo la salvaguardia de las leyes de presentar por escrito sus fundamentos y una vez que se declaren fútiles, ratificada que sea la autoridad que le es conferida, se le intimidará prestar obediencia, lo que no haciendo se le tendrá y tratará como Reo de Estado” (Acta del 10 de agosto).

Es increíble: ellos (esencialmente blancos, todos hombres) te ofrecían un recurso si estabas de acuerdo con su movida revolucionaria, pero si lo intentabas, te iba a ir peor que si no*. Es como la Contraloría, 211 años después…

Porque hay mañas de muchos siglos (cosa propia de países mal hechos), que simplemente se han mantenido invariables en nuestra antigua capital audiencial.

* Por ello, la forma de oponerse a la revolución quiteña de 1809 no podía ser nunca jurídica… Y se optó por un procedimiento mucho más eficaz: las fuerzas de ocupación militar enviadas por el Virrey de Lima, las detenciones arbitrarias de los participantes, los muertos (entre los que se contaron a los cabecillas y al 1% de los habitantes de la ciudad).

Esmeraldas no way

9 de agosto de 2020


La Sierra permaneció virtualmente aislada del resto del mundo
durante trescientos años
John Leddy Phelan, ‘El Reino de Quito en el siglo XVII


En los tiempos coloniales la zona de Esmeraldas, cuyo territorio pertenecía a la provincia de Quito, se extendía desde Bahía de Caráquez hasta Barbacoas (hoy, Departamento de Nariño, Colombia). Durante el dominio español, esa zona estuvo ocupada por zambos e indios. El poderío español llegó a acuerdos con los zambos, pero los indios malabas resistieron a los avances españoles en su territorio.   

Esta situación condicionó el desarrollo de un puerto para Quito en la zona de Esmeraldas. La ciudad de Quito deseaba allí un puerto para el envío de sus productos a los mercados del Norte (las zonas mineras y agrícolas del Virreinato de Nueva Granada, e idealmente, Panamá) sin tener que traficar por el puerto de Guayaquil.  

Desde Quito se deseaba esto, pero es que Quito no se mandaba sola. La ciudad de Quito era la capital de una Audiencia de carácter subordinado, la que debía someterse a lo que disponga una Audiencia superior (a lo largo de su historia colonial, esas Audiencias fueron las de Lima y Santa Fe). En noviembre de 1629, un comerciante quiteño, el capitán Francisco de Frías Torremocha, buscó que en la Audiencia de Lima se apruebe un contrato que él había negociado con la Audiencia de Quito, a fin de construir un camino desde Quito al puerto de Santiago en Esmeraldas, pero la Audiencia de Lima vetó su proyecto el 29 del citado mes y año. Como razones para fundamentar su decisión, se citó ‘el peligro de la penetración holandesa en la Sierra, la prosperidad comercial de Guayaquil y Callao, la posible colaboración entre holandeses y zambos y el probable incremento del negocio del contrabando(1).

Este capitán Frías no fue el primero en buscar un contrato para intentar abrir un camino a la zona de Esmeraldas. Aquel honor le corresponde a Pablo Durango Delgadillo, quien en 1611 obtuvo del Virrey del Perú los cargos de Corregidor de Ibarra y Gobernador de Esmeraldas, a cambio de la construcción de un camino al puerto de Santiago. Entre 1616 y 1619, Durango abrió un camino que iba desde Ibarra hasta dicho puerto, y en esos días, ‘hubo intercambios de productos entre Quito y Panamá(2). Que la suerte del pobre dura poco, dicen: una revuelta de los belicosos indios malabas, acometida en el año de N.S. de 1619, sepultó este efímero periodo de tránsito e intercambio vía el puerto de Santiago. El origen de la revuelta ‘parece haber estado en los intentos del gobernador, Durango Delgadillo, por imponer un régimen de trabajo más severo a las parcialidades adyacentes a la población de Montesclaros’. Y los indios los mataron a todos: blancos, mestizos, negros y mulatos (3).   

Mapa de la zona de Esmeraldas en el libro de Phelan, p. 29.
 

Entre 1623 y 1628, hubo otro contratista, el limeño Francisco Pérez Menacho, quien invirtió alrededor de 30.000 pesos para reabrir el camino entre Quito y el puerto de Santiago, pero sus esfuerzos fueron inútiles frente a la resistencia de los indios malabas. Después de este fracaso, ocurrió el intento del capitán Frías y la negativa de la Audiencia de Lima de 1629.

La salida por el puerto de Santiago, como se observa en el mapa, estaba más al Norte, ‘240 kilómetros más cerca de Panamá’ que la otra ruta posible, que era la que salía al puerto de Bahía de Caráquez (‘Bahía de Caracas’ se escribía antaño). Esta otra ruta tenía la complicación grave de que mientras ‘casi la mitad de la ruta de Santiago era fluvial, […] la trocha de Bahía de Caráquez era terrestre’ (4). La principal ventaja de hacer el camino a Bahía de Caráquez era evitar a los indios malabas.

El camino a Bahía de Caráquez lo intentó hacer Martín de Fiuca entre 1615 y 1621, por tres ocasiones. Todas concluyeron en fracaso y su promotor murió ahogado. Tras él, intervino Miguel de Irarrázabal con un éxito efímero que conoció un pronto declive. El fracaso de su empresa se debió, en gran medida, a la situación económica de Quito: ‘después de pocos años de servicio, […] el volumen del comercio aparentemente no justificaba su permanencia(5).

Hacia 1630, las rutas por el puerto de Santiago y por ‘Bahía de Caracas’, fueron abandonadas. Más de un siglo después, en 1738, Pedro Vicente Maldonado intentó una tercera ruta por el valle del río Esmeraldas, pero su muerte temprana perjudicó a su empresa. La quiso continuar su yerno, Manuel Díaz de la Peña, sin ningún éxito.

Así, mientras fue parte del Reino de España y salvo por breves lapsos (como entre 1616 y 1619), Quito nunca tuvo una salida al mar como no sea pasar por Guayaquil. Su idea de evitar a este puerto y de buscar una comunicación directa con Panamá fue parte de las ilusiones de su élite durante la revolución del 10 de agosto de 1809. En el Acta que se suscribió en esa fecha, los quiteños manifestaron su decisión de atraer a la Junta Suprema que en defensa del Rey español Fernando VII se había establecido ese día en Quito, a provincias ‘como son Guayaquil, Popayán, Pasto, Barbacoas y Panamá(6). Alcanzar el mercado de Panamá era una quimera de los quiteños a fin de procurar su desarrollo económico y conectarse con Europa. Pero no llegaron ni al mar (lo impidieron las autoridades de la Gobernación de Popayán).

El plan de Quito en agosto de 1809 fracasó miserablemente porque sus provincias vecinas de Guayaquil, Cuenca y Popayán se le vinieron todas encima, en el entendido práctico de que cómo así Quito buscaba para sí una primacía regional, cuando ella era muy pobre y muy periférica. Y se cebaron, entonces, con la pobre Quito: dentro del período de un año contado desde el 10 de agosto, ya le habían matado a la mayoría de los cabecillas de su revuelta y al 1% de su población, atrocidades cometidas por tropas enviadas por el Virrey desde Lima a instancia del Gobernador de la provincia de Guayaquil. (Si fuera una escena del porno, sería un bukkake.)

La conquista de Esmeraldas resurgió, en tiempos ya republicanos. A un escaso mes de haber sido agregada la provincia de Quito a la República de Colombia, un Decreto del Presidente Simón Bolívar ordenó la reapertura del camino de Esmeraldas, porque ello ‘haría llover un torrente de prosperidad sobre Quito(7). Obvio, nunca se hizo: Bolívar, primer Presidente, primer demagogo.

Este ‘Esmeraldas no way’ tuvo graves consecuencias. En las concluyentes palabras de John Leddy Phelan (p. 52), a quien se ha seguido en lo principal de este relato, los reiterados fracasos en abrir el camino de Esmeraldas condicionaron el desarrollo de Quito y del país:

La Sierra permaneció virtualmente aislada del resto del mundo durante trescientos años. Detrás de la barrera protectora de los Andes, se consolidó una sociedad de tipo señorial, en la cual la tenencia de la tierra estaba concentrada en manos de una pequeña clase de colonos blancos, mientras una dócil y densa población indígena proveía de mano de obra barata. Esta sociedad era jerárquica y paternalista, apegada a la tradición y tenazmente aferrada a los ritos aunque poco al espíritu del catolicismo barroco español. […] De haberse colonizado Esmeraldas en el siglo XVIII, el carácter ulterior de la sociedad de la Sierra podría haber sido menos apegado a la tradición, y, por tanto, más receptivo a las innovaciones. En consecuencia, pudo haber surgido un equilibrio más dinámico entre la Sierra y la Costa, antes del presente siglo’.  

*

(1) Phelan, John Leddy, ‘El Reino de Quito en el siglo XVII’, Banco Central del Ecuador, Quito, 1995 [Colección Histórica, Vol. XX], p. 41. En particular, v. el Capítulo I ‘Esmeraldas: el fracaso de una conquista(pp. 25-53).
(2) Ibíd., p. 36. Por esta vía, llegaron a Quito el obispo Alonso Fernández de Santillán y el oidor Manuel Tello de Velasco.
(3) Hernández Asencio, Raúl, ‘La frontera occidental de la Audiencia de Quito’, v., en especial, el Capítulo IV: ‘Martín de Fiuca, Antonio de Morga y las rivalidades entre las autoridades coloniales americanas (1615-1630)(pp. 136-189).
(4) Phelan, p. 43.
(5) Ibíd.
(7) Phelan, p. 51.

Los pérfidos aires

28 de julio de 2020


Por una especie de fatalidad hasta los hombres buenos y mejor intencionados, cuando venían a Quito investidos de autoridad, se dañaban’, reconoce el historiador quiteño Federico González Suárez. Y luego señala una de las razones para que esto haya ocurrido: ‘la enorme distancia a que se encontraban de la Corte y la tardía administración de justicia por parte del soberano, cuyas resoluciones se dictaban al cabo de años de cometido el delito, les daban cierta impunidad, muy perjudicial para la moral y las buenas costumbres’. Y la impunidad sigue siendo.

Insaciable en su crítica, la ácida pluma de González Suárez demuele a sus propios paisanos: ‘la adulación servil, la rastrera lisonja y el disimulo interesado no tardaban en hacer comprender a los Presidentes que vivían en un país, donde, sin obstáculo alguno, podían dar rienda suelta a sus malas pasiones’*.

González Suárez hablaba del Quito del Presidente Morga, quien gobernó a principios del siglo XVII, pero resulta tan actual en su descripción de la ciudad y sus modos burocráticos, que es muestra de que Quito ha cambiado muy poco desde el 1.600. Si acaso, para peor.

* Todas las citas corresponden a ‘Escritos de González Suarez, Vol. IV’, pp. 214-5, publicado por el Banco Central del Ecuador en la Colección de Autores Ecuatorianos el año 1.995, en Quito, y cuya introducción y selección de textos fue hecha por Carlos de la Torre Reyes. Hago constar que esta idea de ‘hombres buenos’, dañados por los pérfidos aires, incluye a María Paula Romo.