Yunda, el héroe posible

6 de abril de 2020


Las crisis, como bien se sabe, son también oportunidades. Ocurrirá que de esta, algunos saldrán muy fortalecidos. En algunos casos, por hacer las cosas correctas, por ser unos héroes.

En tiempos de crisis, el heroísmo toma variadas formas: puede serlo el médico que no abandona la lucha, tanto como el político que administra bien su ciudad y la protege en estos tiempos de pandemia.

Guayaquil, en esto, se ha quedado de año. Ante el desborde, sus autoridades están dando manotazos de ahogado. Pero en su archirrival Quito, la percepción es que las autoridades han actuado mucho mejor. Y la gente así lo está reconociendo: mientras la credibilidad de la alcaldesa Viteri se ha venido por los suelos, del alcalde de Quito, el médico Yunda, la percepción de la gente es que ha hecho un gran trabajo, incluso a contrapelo del gobierno central.

Ahora, este doctor Yunda, oriundo de Guano, es una broma de mal gusto que la ciudad de Quito le jugó a su clase media (recordemos: los cojudos)*, pero en estos tiempos de crisis el man se está vistiendo de héroe. Si él logra mantener a Quito con números muy diferentes a Guayaquil, bien podría capitalizar esta imagen positiva para las elecciones del 2021.

Porque ese año 2021 hay opción para un candidato de izquierda. Si, como es esperable, se impedirá la participación del candidato natural de esta tendencia (R. Correa), alguien podría tomar ese relevo, ocupar ese espacio. La opción existe, puesto que la derecha ecuatoriana se está descalabrando: el PSC voló por los aires a lo Carrero Blanco, G. Lasso pinta muy poco, y Alvarito es un capo-cómico, nuestro Capitán Piluso del humor involuntario. Frente a este escenario tragicómico, una opción de izquierda se les crece.

Y el que podría encarnar esa opción es el alcalde Yunda, si es que termina de curtirse como héroe**.

* Ojo al piojo: broma de “mal gusto”, desde la perspectiva de los cojudos.
** Obvio, necesitaría de VP una aliada guayaca, solidaria y efectiva. Alguien tipo Karla Morales.

Y el PSC voló por los aires

5 de abril de 2020


El Partido Social Cristiano (PSC) es un partido político legendario: el único sobreviviente de los lejanos años cincuenta del siglo pasado actuante en la política nacional. Fundado por Camilo Ponce en 1951, en conjunto con el muy posterior movimiento Alianza País son las únicas organizaciones políticas que todavía funcionan y que han podido colocar a dos hombres en el Palacio de Carondelet. Por el PSC, ellos son Camilo Ponce (1956-1960) y León Febres-Cordero (1984-1988); por AP, son Rafael Correa (2007-2017) y nuestra actual calamidad, Lenín Moreno AKA Lenín El Arlequín (2017-?). Y ocurre que en estos tiempos inciertos del gobierno de Lenín El Arlequín, el PSC y AP han encontrado un triste final.  

De la implosión de AP se encargaron Lenín El Arlequín y sus secuaces. Ellos se apropiaron del movimiento, expulsando a la facción “correísta” e impidiéndoles luego su participación política, y el resto corrió a cargo de su habitual inoperancia. Hoy, AP es una organización totalmente apestada: nadie quisiera arroparse ya con su manto. Cuesta reconocer en ella a la triunfadora institución que venció en las cuatro últimas elecciones presidenciales (2006, 2009, 2013 y 2017), pero hoy vale menos que una pizza mojada.

El caso del PSC es distinto. No hace mucho (apenas un semestre y poco más), a fines de septiembre, desde el PSC se observaba con mucho optimismo las elecciones presidenciales del año 2021. Su candidato natural era Jaime Nebot, el alcalde por 19 años de Guayaquil que pudo colocar a Cynthia Viteri como su reemplazo en el Sillón de Olmedo y vendía su modelo de desarrollo como “exitoso”. Su candidato tenía buenos tratos con los organismos electorales, un aura de hombre pragmático que podría conducir al país en los tiempos de crisis y un futuro brillante de cara a la carrera a la presidencia del país, pues el péndulo de la política giraba a la derecha y este candidato era, de lejos, el mejor de su tendencia (G. Lasso, que es un Alvarito reloaded, no le hace ni calor).

Pero, “¿quieres hacer reir a Dios? Cuéntale tus planes”. Salvo por el detalle de que Dios no existe, el chiste es muy bueno. Si Nebot hablaba intensamente con una pared (eso que los cristianos llaman “rezar”) y le contaba sobre sus planes, su Dios imaginario habría estado a mandíbula batiente. “Poor earthling” –supongo que Dios hablaría en un inglés un tanto snob como el de Julianne Moore en The Big Lebowski, además de reírse como ella- “His story is ludicruos”.

Porque al rato llegaron Octubre, el paro nacional y el exabrupto de Nebot de que los indios debían quedarse en el páramo. Lo he dicho en otra parte, y a ella los remito: “Nebot, antes de la marcha” y “Nebot, después de su discurso”.

Pero estos acontecimientos de Octubre fueron apenas los arrabales del infierno.

Pasado ese aciago Octubre de 2019, el PSC estaba groggy, pero Dios-Moore se guardaba sus mejores carcajadas para después. Ocurrió lo peor posible, un escenario de ciencia ficción: la atacó a Guayaquil un virus global e invisible. Y Guayaquil, en consecuencia, se derrumbó: hoy es noticia mundial por no poder enterrar a sus muertos, que se calcinan en sus calles.

 
El hecho de la globalidad del virus fue muy dañino para el PSC, porque expuso las miserias de Guayaquil frente al mundo, y eso no hay ni Ecuarrisa ni El Perverso que se lo resuelvan. El PSC, para enfrentar al virus, recurrió a un viejo truco de su galera: hacer un acto de fuerza, cual fue impedir (unilateralmente, con equipo municipal ocupando la pista) el aterrizaje de un avión de ayuda humanitaria que venía desde Europa. Esa fue la primera de nuestras miserias que se expusieron al mundo: un eurodiputado calificó esta medida de “cobarde e irresponsable”, parte de una actuación “populista y xenófoba”. Fue una primera probadita que le dimos al mundo de lo mal que podíamos hacer las cosas.

Después de este desatino, la alcaldesa de Guayaquil le anunció a la gente que tenía coronavirus y, después, se lanzó enjundiosa a cantar “Las mañanitas” (?). Su credibilidad se vino a los suelos. Esta mujer, ahora, es pasto para los memes.

Se podrá decir lo que se quiera, pero en Guayaquil ocurre lo que está ocurriendo (que lo han denunciado en numerosos medios internacionales del Washington Post a la BBC), y es imposible que todo lo mal que lo estamos pasando lo haya causado la mujer que reemplazó a Nebot en su puesto de alcalde, en menos de un año en funciones. Sería un juicio injusto, pero por sobre todo muy imbécil, porque es negarse a entender el contexto de lo que está ocurriendo en Guayaquil, que abarca muchas décadas.

De ese contexto de varias décadas de dominio socialcristiano he hablado en otras partes, y a ellas los remito: “Explicando el negocio de la alcaldía socialcristiana” y su consecuencia “Guayaquil a la deriva”. El caso es que el capital político acumulado a favor del PSC, por el que se había hecho pasar a Guayaquil como una ciudad de “éxito” (y es que así lo repetían ignorantes de todas partes del país, y los más, los propios guayaquileños), acabó de explotar por los aires. A ese supuesto “éxito”, de ahora en adelante, siempre, SIEMPRE, se le van a enrostrar los muertos en las calles. 

El COVID-19 también mató al PSC. Claro, el partido todavía “vive”, pero en plan Weekend at Bernie’s. 

En resumen, el proceso de apestamiento de AP fue una implosión, un trabajo interno de unos resentidos, el producto más pobre del revanchismo más mediocre que concebirse pueda. Lo del PSC fue distinto: se trató de una explosión. Primero Nebot había encajado unos golpes que tenían a su partido groggy, pero luego llegó el PUM! y el COVID-19 ha mandado a volar a esta farsa llamada modelo “exitoso”, al PSC y a las aspiraciones presidenciales de un candidato que, en septiembre del 2019, se relamía de cara a un futuro brillante en las elecciones del 2021. Esa era su oportunidad.

Hasta que Dios-Moore se le cagó de la risa.

Pacífico no pacífico

4 de abril de 2020


En los años de mi vida, más allá de las aguas de otros océanos (el Atlántico y el Índico) he visto y disfrutado de las aguas del Pacífico. Mi familia tiene una propiedad desde la que se observa la punta Santa Elena, uno de los sitios más salientes del Pacífico Sur y límite Norte del golfo de Guayaquil. El sitio ha conservado el nombre de la madre del emperador romano Constantino, aquel que puso fin a la persecución del cristianismo con el edicto de Milán del 313. Después de esto, ya los perseguidores serían los cristianos. Y la sub-especie castellana sería una de las más feroces.

El caso es que en Europa desconocían de la existencia del océano Pacífico hasta que el extremeño Vasco Núñez de Balboa y su muchachada lo pudo observar por primera vez en 1513. Recuerdo que en la escuela nos enseñaban que sus palabras, cuando lo descubrió (sumergido en aguas ahora panameñas), fueron: “Oh, mar, qué pacíficas son tus aguas”, en un diálogo con el mar que prefigura a nuestro capo-cómico Alvarito.

Prefigurando a Alvarito. (Nuestro capo-cómico no necesita armadura).

Y dentro de la ancha geografía del océano Pacífico, fue recién en 1527 que uno de los invasores europeos avistó la punta que ahora lleva el nombre de Santa Elena (o Helena, como se escribía endenantes), puesto que el día que la avistó, el 18 de agosto, constaba la tal santa en el santoral, y por ello, ahí está su nombre recogido en el accidente geográfico, en el nombre de la provincia y aún en su capital. Santa Elena rocks.

El invasor que le puso nombre a esta punta fue otro extremeño, Francisco Pizarro. Antes, Pizarro había estado en Panamá y allí lo conoció a su paisano Vasco Núñez de Balboa (años después, su apellido sería moneda), a quien él tuvo el gusto de meterlo preso por disposición del Gobernador Pedro Arias Dávila. Al autor de “Oh, mar…” se lo condenó a muerte y se lo ejecutó enseguida (eran tiempos de justicia sumaria, el rey andaba muy lejos). Se optó por su decapitación, que se llevó a cabo el 15 de enero de 1519.

Después de Panamá, Pizarro se dirigió al Sur, nombró a la punta Santa Elena y a otros tantos lugares, creó ciudades y ocupó y dominó unos territorios inmensos en la América del Sur, todo en nombre de su rey lejano. Pero como a muchos otros, a Pizarro lo mataron. En su caso, fueron los partidarios de Diego de Almagro (entre otras lindezas, fundador en una quincena de agosto de 1534 de la ciudad y villa que devendrían en Guayaquil y Quito) quienes entraron a su casa en la recién fundada Lima (established since 1535) para, a cargamontón, darle chicharrón. Y cumplieron los muchachos almagristas: ello ocurrió el 26 de junio de 1541. Lo mataron a Pizarro (se dice que le atravesaron una espada en la garganta) para vengar la muerte de Almagro, la que se había llevado a cabo en la Plaza de Armas de Cuzco por la vía del estrangulamiento por torniquete, el 8 de julio de 1538.

En resumidas cuentas, la invasión de América por las hordas castellanas fue una matanza, pero lo fue en dos vías: se liquidó a mucha de la población indígena (menos de lo que se piensa por la violencia –lo que es lógico, pues ellos querían explotarlos- y mucha más por las enfermedades para las que los indígenas no tenían inmunidad, como la viruela, la sarampión y otras –los COVID-19 antes del COVID-19), pero también se mataron entre los mismos invasores para acumular más poder y mayor gloria entre los sobrevivientes.

Es así que en este muy breve repaso sobre el océano Pacífico y uno de sus accidentes geográficos, nos encontramos con que al descubridor europeo del océano lo decapitaron y al que le puso el nombre Santa Elena a la punta le cayeron a espadazos, por haberlo, a su vez, estrangulado a Diego de Almagro…

Lo dicho, aquello fue una matanza.

Guayaquil y la ficción que explotó

2 de abril de 2020


Tengo varios años escribiendo sobre la farsa del supuesto modelo “exitoso” de Guayaquil. Mi primer escrito en un diario de difusión nacional se tituló “¿Más ciudad?” y fue publicado en diario El Universo en julio del año 2006. Casi quince años después y crisis del COVID-19 mediante, la respuesta a esa pregunta del 2006 ha sido clara, contundente y negativa.

Para decirlo en simple: no somos realmente más ciudad. En Guayaquil, bajo el rótulo del “modelo exitoso” se ha podido implementar por casi treinta años un modelo de desarrollo que ha privilegiado a unos pocos en perjuicio de los muchos. Esto ocurrió debido a que el crecimiento urbano de Guayaquil se lo hizo para beneficiar al sector de la construcción: es para ellos lo “exitoso” del modelo, medido en ganancias económicas ($$$).

Pero estas ganancias económicas para el privilegiado sector de la construcción (del que salió el alcalde de Guayaquil entre el 2000 y el 2019) tienen gravísimas consecuencias para el resto de la ciudad. Un grupo de expertos el año 2013 expuso claramente, en un informe entregado a la alcaldía, la ciudad que se ha logrado construir: “lotes pequeños para las viviendas, aceras y accesos estrechos, limitadas áreas verdes, y en general una clara tendencia hacia la impermeabilización del suelo urbano”. Que no se les olvide: más cemento, más adoquín, más $$$

Y es así como la hemos construido a nuestra Guayaquil, por años haciéndola cada vez menos ciudad: con una cuota de “limpieza sociológica” en su centro, con un afán de convertirla en un escaparate para el jolgorio estúpido de sus élites (el mejor análisis sobre este Guayaquil como “ciudad vitrina” sigue siendo el hecho por el X. Andrade) y con un profundo desprecio por las consecuencias ambientales de su mancha urbana. Sobre esto último: Guayaquil ha destruido, y sigue destruyéndolos, sus recursos naturales (antes la madera por los astilleros; hoy, las canteras y los ríos y los esteros) sin que haya existido el mínimo control por parte de su autoridad municipal. Esto es apenas lógico, desde que los mayores contaminantes son las grandes empresas y pues la administración de Guayaquil se asegura de que ellas puedan seguir contaminando (al amparo del lema: “a mis amigos, todo; a los enemigos, la ley”). Más allá de alguna pirueta verbal, nada efectivo ha hecho la alcaldía para hacer cumplir la ley.

Así las cosas, la ciudad se ha construido para el beneficio de una minoría de grandes empresarios, por lo que se la construido mal y se han explotado sus recursos naturales sin control. Es un crecimiento que, a costa del beneficio a unos cuantos, ha provocado unos perjuicios sociales y ambientales altísimos. Pura “viveza criolla”, pero a gran escala.

Ahora: ¿Si es tan malo como digo el modelo de Guayaquil, cómo entonces se sostiene este adefesio?

Respuesta: por la debilidad de la sociedad civil guayaquileña frente al poder político local. Ilustro esta respuesta con el ejemplo de las áreas verdes. Para cualquiera que viva en Guayaquil, la realidad de nuestras áreas verdes son adefesios de este tipo:




Pero desde las autoridades locales, las áreas verdes de Guayaquil son un ejemplo del “éxito” de la ciudad: el alcalde anterior decía que en Guayaquil había 25 metros cuadrados de áreas verdes por habitante (?). Y esa es nuestra pobreza: desde la sociedad civil, pocas voces se animaron a rebatir este tipo de adefesios, esta mentira insolente. En el caso de los medios de comunicación, por puro mercenarios; en el de la sociedad, porque está estupidizada, pensando que esos 25 metros cuadrados por habitante son la evidencia de un “éxito” que no existe. Los primeros son canallas; los segundos, ingenuos, por prestarse a sostener esta absurda ficción. El guayaquileño, largos años estupidizado por una prensa vendida, se ha presentado ante los demás muy orgulloso de vivir en esta ficción de éxito. Esto se acabó.

Tengámoslo claro: esta ficción, COVID-19 mediante, acaba de explotar por los aires. No puede jamás ser considerada “exitosa” una sociedad que, en los momentos de crisis, más que expresar su solidaridad, lo que realmente desea es asaltar el Tía. Y que llegada esta nueva crisis, ha sido incapaz de atender a sus enfermos y de enterrar a sus muertos, no demuestra ni liderazgo ni empatía, y en ella todo (vida o muerte) ha quedado librado a la maldita sea. De súbito, se ha pasado del “modelo exitoso de Guayaquil” a “la pesadilla de Guayaquil”. Es simple, la ficción explotó:

Según Fernando del Rincón, Guayaquil es la nueva Haití. Ya cuando CNN te corre por la izquierda...
 
Realmente, regionalismos aparte, ¿quieren saber por qué muchos guayacos no se quedan en su casa? Porque el crecimiento urbano que tanto ha beneficiado a un sector adinerado, muy poco se preocupó por las condiciones de vida de la parte más depauperada de la ciudad. Así se lo explica, con suficiencia de datos, en este excelente artículo de Arduino Tomasi. Entonces, resulta principalmente por una cuestión de supervivencia (dadas las condiciones de nuestro “exitoso” modelo de crecimiento urbano, develado ahora como un fracaso) que los guayacos tienen que salir a buscarse la vida, a riesgo de perderla. Y esto, entendámoslo de una buena y puta vez, es el efecto acumulado de años y años de hacer las cosas mal. Muy mal.

Estos son los días, en pleno año del bicentenario, en que “el modelo exitoso de Guayaquil” ha dado paso a “la pesadilla de Guayaquil”, siendo lo segundo una consecuencia directa de lo primero… aunque si después de esta tragedia seguimos sin entenderlo, es probable que (triste es reconocerlo) nos merezcamos esta suerte.

El nombre que Bolívar dio a nuestro país

14 de enero de 2020


Hay que admitir que como gentilicio el término “ecuatorianos” no ha producido casi ningún cemento social en quienes lo portamos, ya sea por el hecho de haber nacido dentro de los decrecientes límites del Estado ecuatoriano o por alguna otra graciosa causa. Tal vez esto se deba al hecho de que el término “ecuatorianos” fue una renuncia, en el origen del Estado, a cualquier sentido histórico de su nombre. Así lo dice Modesto Espinosa Apolo en su lúcido estudio sobre el mestizaje en el Ecuador:

“El término ‘ecuatorianos’ resulta en definitiva un término exógeno que se deriva de Ecuador, nombre exótico e insólito a nuestra realidad cultural y por tanto sumamente artificioso ya que surge a espaldas de la realidad histórica y como una identificación geográfica hecha por extranjeros a una circunscripción histórica-territorial que tenía nombre propio desde ante de la colonia: Quito.” (Espinosa Apolo, Modesto, ‘Los mestizos ecuatorianos y las señas de identidad cultural’, Tramasocial Editorial, Quito, 2000, p. 200)

Pero este “nombre propio desde antes de la colonia” no se impuso en el naciente Estado, pues se decidió por “Ecuador” como “parte de una estrategia unionista semifederalista de las élites independentistas de los departamentos de Quito, Guayaquil y Cuenca, quienes buscan un nombre nuevo que aluda de alguna forma a todos los poderes político-económicos regionales que conformaban el nuevo Estado” (Espinosa, p. 200-201).

“Ecuador” es un nombre “exótico e insólito” porque fue obra de Bolívar y su borrachera de poder. Ana Buriano, en un estudio sobre el origen del nombre “Ecuador”, llama a este entusiasmo renombrador del Libertador la “revelación misional exaltada que vive Bolívar” por la que…

“…surge y se expande el impulso nominativo del gran padre de las patrias andinas; ése que lo impele a crear, nombrando. Son muchos los ejemplos que se pueden invocar: pueblos que se convierten en villas, como Plato; ciudades que cambian de nombre, Trujillo-La Libertad; capitales a las que se le quita la santidad, Santa Fe de Bogotá por Bogotá; países que se crean, Colombia, retomando la propuesta de Francisco de Miranda; departamentos que engloban viejas capitales y que se rebautizan, Ecuador.” (Buriano, Ana, ‘Ecuador, latitud cero. Una mirada al proceso de construcción de la nación’, en: Chiaramonte, José Carlos, Marichal, Carlos, & Aimer Granados (comp.), Crear la nación. Los nombres de los países de América Latina, Editorial Sudamericana, Buenos Aires, 2008, p. 179)

Pero cambiar el nombre de la provincia de Quito por el “Departamento del Ecuador” era una medida que cortaba de un solo tajo cientos de años de historia: la Kitu del indígena y la Quito hispánica construida desde 1534 sobre las ruinas de la Kitu del indígena, pasaba simplemente a llamarse “Ecuador”, porque así lo decidió un arrebatado venezolano, su primer gobernante por fuera del Reino de España.

La separación del Distrito del Sur de Colombia al que pertenecían los Departamentos de Quito, Guayaquil y Azuay pudo poner fin a este arrebato bolivariano, pero en cambio se aprobó “por aclamación” (Buriano, p. 185) el nombre de “El Ecuador en Colombia” para los tres Departamentos del Distrito del Sur unidos en un nuevo Estado (que únicamente pasó a ser “República del Ecuador” desde 1835).

En realidad, este acuerdo entre los tres departamentos se debe a un hecho que se discutió en la correspondencia entre el Vicepresidente Francisco de Paula Santander y el Ministro del Interior Juan Manuel Restrepo, cuando el Distrito del Sur pertenecía a la Colombia que ellos gobernaban: “Cuenca y Guayaquil no se ligan con los quiteños”. Por ello, indica Ana Buriano en su estudio que en 1830 “nacía un nuevo y débil Estado bajo un nombre común, caracterizado como una ‘tregua semántica’ para evitar que, siquiera en ese plano, Quito tuviera primacía jerárquica sobre las demás” (p. 186). 

Para acomodar la resistencia de Guayaquil y Cuenca frente a Quito terminó por triunfar en 1830 el nombre “Ecuador”, que en su “revelación misional exaltada” (AKA Borrachera de Poder) el venezolano Bolívar se inventó para la provincia de Quito.

La dolarización contra las élites

10 de enero de 2020


Realmente, la dolarización nos terminó gustando a los ecuatorianos porque es un límite a nuestras posibilidades de hacernos daño (¡?). Es increíble cómo una medida adoptada en modo freak pudo ser tan exitosa, al punto que es la única medida económica adoptada desde la vuelta a la democracia que los ecuatorianos solemos mirar con aprecio.

El economista Pablo Lucio-Paredes, en su columna ‘La dolarización y lo social’, explica claramente las dos formas en que, desde la dolarización el año 2000, los ecuatorianos ya no podemos hacernos daño entre nosotros, tan auto-destructivos como somos.

Primero: la élite económica ya no puede abusar de su posición, pues como explica Lucio-Paredes: “Las personas de mayores ingresos tenían acceso a mejor información y mejores canales financieros que les permitían manejar sus activos en dólares y así protegerse de la pérdida de valor del sucre”, en lo que él veía como una “injusticia inaceptable, que incrementaba las brechas sociales”.

La segunda forma en que los ecuatorianos ya no podemos hacemos daño desde la adopción de la dolarización el año 2000 se debe a que la élite política perdió facultades por la pérdida de una moneda propia. Desde que la dolarización se implantó hace 20 años y un día, “hay un panorama de más estabilidad y más largo plazo” pues por ella se han evitado “pérdidas frente a devaluaciones e inflaciones no anticipadas”. Los políticos perdieron sus competencias monetaria y cambiaria: esta mutilación es lo que la gente celebra.

Así, el ecuatoriano promedio agradece la dolarización, pues limita a los otros que él percibe como fundamentalmente pillos y abusivos: las élites económica y política del Ecuador.

Su éxito, realmente, es el triunfo de la desconfianza mutua.

Si Cynthia fuera Lenín...

9 de enero de 2020


… en cierto modo, sería cosa buena, porque Guayaquil se ahorraría $6 millones al año en sueldos.

Pero Cynthia no es Lenín, porque Cynthia no traiciona a Nebot como Lenín sí lo hizo con Correa. Una vez que Nebot terminó su período como alcalde, ella lo ha prolongado. Si bien ella ha tomado la figura de mando, todavía es él quien manda. Se notó mucho en las fiestas de octubre/protestas, se acaba de revelar en el rol de pagos, por la investigación de diario Expreso.

Que Cynthia Viteri permita que el exalcalde Jaime Nebot mantenga su presencia en el Municipio depende de que sus muchachos consten en la nómina del Municipio. Por supuesto, la alcaldesa Viteri puede poner a su gente, pero lo que ella no puede hacer (en deferencia al exalcalde) es quitarle a sus muchachos. Por ello, la alcaldesa Viteri debió sacrificar la eficacia a la política: duplicó puestos, o los creó, únicamente para satisfacer apetencias políticas de su mentor, sin que ello nos reporte un beneficio a los ciudadanos.

¡Lo que nos cuestan los ojoseco del exalcalde! Por lo menos ahora Teleamazonas y Expreso se animan a criticarlo.

El Padre Fundador contra el Consejo Transitorio

8 de enero de 2020


Una crítica formulada por el porteño y finisecular Juan José Flores (1800-1864), fundador* y primer Presidente del Estado ecuatoriano, expuesta a modo de respuesta a esta simple pregunta:

P: ¿Qué tan atrasada puede juzgarse la evaluación hecha por el Consejo Transitorio?

R: Pues tanto como para que quien fuera el primer Presidente de los ecuatorianos (que no el primer Presidente ecuatoriano, pues nació en Puerto Cabello, Venezuela), en su mensaje de instalación del Congreso Constituyente el 14 de agosto de 1830, año de la fundación del Estado ecuatoriano, nos pueda revelar su injusticia. En dicho mensaje, dirigido a los veinte diputados constituyentes y a la posteridad, Flores advirtió la injusticia de que se apele ante el mismo órgano que ha resuelto en la instancia inferior. Así que adoptó, como el Jefe Supremo del Ecuador que era durante ese agosto, el siguiente arbitrio:

“Habiendo necesidad de crear un tribunal que entendiese en los recursos de que antes conocía la Alta Corte, oído el parecer de las personas de buen consejo, se determinó que la de apelaciones del Ecuador continuase dividida en dos salas, y que juzgando indistintamente úna y ótra en lo civil y en lo criminal, conociese en última instancia la que quedase expedita. Toca a la sabiduría del Congreso resolver sobre i sea ó no conveniente la creación de un Tribunal Supremo, fuente perenne de justicia” (Salazar, p. xxi*).

A juzgar por esta experiencia en los albores del paisito, un diseño como el que impuso el Consejo Transitorio el 2018, donde el órgano que resolvió en primera instancia es el mismo que falla después en la apelación, es injusto, incluso si es juzgado con los parámetros del año 1830.

No se diga, si juzgado con los parámetros de la Corte Interamericana.

* Salazar Arboleda, Francisco Ignacio, ‘Actas del primer Congreso Constituyente del Ecuador (año de 1830)’, Impreseñal, Quito, 1998.
** El título de “fundador” se otorgó al general Juan José Flores por la Convención de Ambato celebrada en 1835.

Un café con JJ

6 de enero de 2020


Esta mañana me entrevistaron en el programa “Un café con JJ” sobre la sensación de calor en Guayaquil, ese notable y calcinante efecto de la falta de planificación, o mejor dicho, de la perversa planificación del crecimiento urbano de la ciudad por parte de su Municipio, ocurrido durante el tiempo de las alcaldías socialcristianas (1992 en adelante), pero también desde mucho antes de ellas (proceso de crecimiento muy acentuado desde la década de los cincuenta del siglo pasado y que originó los enormes “cinturones de miseria” que tanto caracterizan a esta ciudad).

Esta es la entrevista:

 
La conversación duró, literal, lo que demoré en beberme la taza de café que me ofrecieron y que siempre es un gusto compartir con ellos.

35º de subdesarrollo

5 de enero de 2020


La siguiente observación de Leopoldo Benítez Vinueza sobre Guayaquil, escrita al inicio de “Ecuador: drama y paradoja”, demuestra todo lo mal que lo hemos hecho en esta ciudad:

“Por la sombra grata de los soportales, pasea desde la tarde el viento marinero que viene recorriendo las áridas llanuras con los pies mojados de humedad salubre como el viento homérico de la Ilíada. Y a pesar de que su nombre evoca ideas de calor sofocante, [en Guayaquil] la temperatura no sube ni aun en la época húmeda y caliente a más de 35 grados centígrados en horas de la tarde”.

Esto, ahora, es pura ciencia ficción. El extraordinario libro “Ecuador: drama y paradoja” de Benítez Vinueza fue publicado el año 1946. Desde entonces, Guayaquil ha crecido como una gran mancha de cemento, proceso que durante las administraciones del PSC de León Febres-Cordero y de Jaime Nebot se acentuó mucho: cada vez eran menos árboles y más adoquín (¿más ciudad?). Esto seguro le dio billete a los promotores de palmeritas y adoquines asociados al PSC, pero elevó la temperatura de la ciudad en varios grados centígrados. Hoy es bastante común, en días de invierno, que la temperatura de Guayaquil esté por encima de los 35 grados.

Y este cambio, realmente, es posterior a 1946. Un error de las últimas tres generaciones de habitantes que prefirieron la angurria por el billete a la planificación urbana.

Así, como se lo advierte en el prólogo de la edición  de “Ecuador: drama y paradoja” del año 1996, con ocasión de los 50 años de su publicación, en el Ecuador sigue existiendo una estructura injusta “que privilegia a una minoría a costilla de la gran mayoría”. Guayaquil no es una excepción a esta regla y las palmeritas y los adoquines son un claro ejemplo de esto: hay una minoría que se ha hecho una pila de plata (“Capitalismo de Amigos”, que le dicen) con la consecuencia imbécil de convertirla a Guayaquil en un infierno, por un fenómeno que en la ciencia (esa desconocida local, porque huele a planificación) se llama el “efecto de isla de calor”.

Y para comprender el “efecto de isla de calor” (“Heat Island Effect”) que se está viviendo en Guayaquil, esta explicación del arquitecto Eduardo McIntosh es muy clara:

“… la mayoría de zonas transitables en la ciudad han sido progresivamente despojadas de su cobertura arbórea. Los nuevos proyectos de regeneración urbana, por algún extraño motivo, incluyen especies de insignificante cobertura, por ejemplo, las palmeras. Esta política del municipio ha incrementado la incidencia del ‘Heat Island Effect’ en Guayaquil, que se da cuando las superficies sin cobertura arbórea como pavimento y veredas se calientan por la incidencia solar muchas veces hasta cincuenta grados centígrados más que el aire alrededor de ellas. Esta energía se acumula durante todo el día y permanece hasta la noche, aumentando la temperatura real de la ciudad. Este proceso aumenta el estrés de los ciudadanos, las enfermedades respiratorias, la elevación de gases invernadero y la elevación de gastos económicos y energéticos por el uso de aires acondicionados. Que en Guayaquil la incidencia del sol es inclemente es verdad y es exactamente esa la mayor razón para hacer algo al respecto”.

Guayaquil es una ciudad mucho más calurosa, porque no se ha sido desarrollada en beneficio de sus habitantes, sino de la privilegiada minoría vinculada al sector de la construcción, del que surgió el propio Alcalde Nebot. Su crecimiento, en consecuencia, ha producido una gran mancha gris, de escasas áreas verdes.

Dos botones de muestra:



Guayaquil, ya fue dicho, está repleta de giles que se creen sabidos. Ellos son totalmente incapaces de adjudicar el calor extremo que padecen día a día a las malas administraciones de la ciudad que habitan.

Y esta incapacidad, dado el número de giles, es uno de los motores de nuestro subdesarrollo.

El Ecuador es... el Vengador Tóxico

30 de diciembre de 2019


Creo que si el Ecuador fuera un superhéroe, debería ser El Vengador Tóxico:

Todos los cuatro avances de la peli. Delirantes, como la política de mi país.

Es como un Melvin lleno de buenas intenciones: basta con leer su Constitución.

Los toros en Quito (hacia 1860)

29 de diciembre de 2019


A García Moreno no le gustaban los toros. A él se debió un cambio en la que se conoce hoy como La Plaza de la Independencia*, que se lo conserva hasta ahora: le puso césped y plantó árboles. El propósito de este cambio era evitar que se juegue a los toros en la plaza.

Porque la Plaza de toros, como espacio, fue un invento moderno (a Quito llegó en 1917, con la Plaza de toros Belmonte). Lo habitual era jugar a los toros en la plaza del pueblo. En Quito, esa plaza era entonces la Plaza Mayor, pero después de las reformas de García Moreno, los toros se pasaron a jugar en la plaza San Francisco.

Todo esto lo cuenta el primer embajador que envió el Gobierno de los Estados Unidos de América al Ecuador, Friedrich Hassaurek. Después de su misión diplomática desempeñada entre los años 1861 y 1865, Hassaurek publicó en 1867 un libro que es una joya para comprender el Ecuador en el primer período garciano: ‘Four years among the Ecuadorians’ (‘Cuatro años entre los ecuatorianos’). Allí Hassaurek cuenta sobre las corridas de toros, las peleas de gallos y otras barbaridades. O las que él vio como barbaridades.

Porque el embajador Hassaurek fue un severo crítico con la sociedad que le tocó conocer. Fue particularmente duro con Quito, con sus mujeres, su higiene y sus costumbres comerciales. Y dice que, en su época, los toros eran “[l]a primera y más popular de todas las diversiones”. Y que era entre los días de Navidad y de Año Nuevo, es decir, por estos días pero en el siglo XIX, que empezaba una fiesta colectiva.

En ella, todos los espacios están…

“… llenos de gente: blancos, indios, cholos, zambos, mulatos, negros, hombres, mujeres y niños. Es la vista más pintoresca. Hombres en chaquetas, ponchos y sombreros de todo estilo y color; mujeres que llevan sus chales y rebozos de toda posible variedad; las diferentes contexturas del pueblo, el lujo y el esplendor de las ventanas y los balcones; los jóvenes caballeros que pasean elegantemente de un lado a otro de la plaza; los soldados en sus uniformes de domingo mezclándose con gente inferior; los niños que silban y los perros que ladran al toro que se aproxima; las banderas flamean en los techos y las ventanas; una banda de instrumentos de viento que lanzan sonidos terribles; cohetes y torpedos que explotan aquí y allá; y el toro que corre y corre mientras la multitud escapa en estampida y lanza gritos de miedo; todo esto presenta una visión grotesca y fascinante al ojo del extranjero” (p. 174).

Era una fiesta distinta a la del “héroe” único que enfrenta al toro. Acá todos participan, y si bien se maltrata al animal, el objetivo del juego no es matarlo. De hecho, era bastante más usual que mueran personas embestidas por él, lo que mereció esta asombrosa observación de Hassaurek: “Un día de toros sería poco divertido sin que haya habido personas heridas e incluso muertes. Mientras más accidentes hayan ocurrido en el día anterior, más serán los espectadores al día siguiente.” (p. 175)

La fiesta en La Plaza Mayor, frente al Palacio de Carondelet, se llevaba así:

“Los bordes de la plaza están cercados con barricadas para prevenir el escape de las bestias furiosas a alguna de las calles vecinas. En una de estas calles se levanta un cerramiento temporal dentro del cual se mantiene a los toros durante los tres días que suele durar el festival. Tan pronto como comienza la corrida, se suelta un toro y así empieza la fiesta. Hombres y jóvenes, la mayoría de los cuales está en un estado muy avanzado de embriaguez, tientan al toro desplegando sus ponchos, sus abrigos, sus sombreros y sus ropas en general; también arrojan al animal lanzas de madera, piedras e incluso le halan la cola. Los espectadores de abajo acompañan con silbidos y chillidos, con el propósito de enfadar aún más al animal. Si el toro arremete, todos huyen; los toreros más experimentados se lanzan a un lado y arrojan su poncho al animal. Yo he podido presenciar algunos escapes afortunados de los toreros. Si el animal continúa quieto, los toreos se aproximarán nuevamente. A veces le suelen presentar al animal espantapájaros y cuando este los derrumba la gente se regocija mucho. El objeto de los que alardean de ser buenos toreadores es incitar al toro a que arremeta contra ellos, ganándose el aplauso de los espectadores cuando logran desviar la embestida. En cierta ocasión vi a un negro realizar maravillosas maniobras de agilidad, consiguiendo al final que más bien el toro quede extenuado. Sin embargo, suelen ser pocos los buenos toreros. La multitud enoja al toro pero corre tan pronto como le ve lanzar una mirada amenazante. A pesar de todo ocurren accidentes de gravedad. Un toro bravo tumbará a unos pocos que sean demasiado lentos o que estén demasiado borrachos como para escapar a tiempo. Pero esto es parte imprescindible de estas festividades y hace que sea más interesante y excitante a los ojos de la multitud” (pp. 175-176).    

Bárbaro, sí, pero parece entretenido.

* Un nombre que, como se lo demuestra en este enlace, es una vulgar farsa.

Ricky Napolitano

25 de diciembre de 2019


Hubo un momento en que Héctor Napolitano se pareció a Ricky Gervais. And Merry Christmas.