Está claro que sobre fútbol puede hablarse
ad infinitum. Hablarse de cosas triviales o profundas, en tono amable o agresivo; vituperarse cosas despreciables: la corrupción de los dirigentes, la desaforada ambición de los jugadores (escudada en un profesionalismo que todo lo convierte en
negociable), la mediocridad infame de la prensa deportiva local (Vito Muñoz induce al vómito), así como extraerse lecciones morales valiosas (
alla Camus: “Después de muchos años, durante los cuales el mundo me ha permitido vivir experiencias variadas, lo que sé acerca de la moral y de las obligaciones de los hombres se lo debo al fútbol”) o incluso postularse una identidad nacional en cierne. Hablar sobre los hechos inmediatos de un partido implica casi la bullosa necesidad de evocar hechos del pasado y profetizar sucesos futuros: sobre cualquier hecho mínimo (digamos, un tiro libre indirecto o el color de la casaca de un arquero) el contexto puede ampliarse y multiplicarse, fue dicho ya,
ad infinitum.
En particular, ante las miserias notorias del fútbol moderno (trivialidad, agresividad, corrupción, ambición desaforada, mediocridad infame) yo sugiero dos cosas: la primera, conjugar la esencia dialogada del fútbol en lo que Julián García Candau llama su
épica y lírica. Porque como sentenció Ángel Cappa en el fútbol no se recuerdan los resultados, se recuerdan las emociones y son, precisamente, esos recuerdos los que nos constituyen en creyentes de una iglesia o una secta fubolera. Lo trivial, lo aleve y lo miserable tienen cabida, pero una podada de la sabia Prestobarba de
Occam les viene siempre bien. Cifrémonos en las emociones, en lo que
de veras importa: lo que nos constituye en hinchas y nos diferencia de los funcionarios y de las cuotas de imbecilidad que siempre nos acechan. Lo segundo, que en razón de que el fútbol (como toda otra experiencia –pregúntenle sino al de Quincey de
El asesinato como una de las bellas artes) puede apreciárselo como una apuesta estética, acaso prescindiendo de las emociones y disfrutándose de la cerveza y la compañía, donde el goce nos lo depara su ejecución excelsa, sea ésta la manera de apreciarlo. (Esta hipótesis podría aplicarse a los partidos de la
Champions.) Acaso sean estas dos vertientes las islas que nos conviertan en sobrevivientes de un naufragio moral.
La primera (digamos, la vertiente emocional por oposición a la vertiente estética) de esas vertientes nos convierte en feligreses de iglesias en ruinas (Barcelona, Emelec, Aucas –el equipo de
Kojudo Mayor) o de sectas sin futuro (¿qué otra cosa es el hincha del
equipo camarata o del Automotriz Macas?): nos convierte en creyentes de una fe que, si nos atuviéramos al asomo de una lógica sensata, debería desencantarnos. Pero la fe desecha los argumentos de la razón (lo que ha teñido de sangre la historia de las religiones y no pocos estadios contemporáneos) y se cree, simple y llanamente, porque se quiere creer.
Credo quia absurdum, cuentan que postuló Tertuliano: es extraño que no apadrine un equipo de fútbol. Lo más probable es que yo no tenga noticia del
Tertuliano F.C., un ariete de la honestidad.
Digamos que, en general, creemos porque queremos creer. En
El Factor Borges (un libro que acabo de leer y que comentaré en otra entrada) se cuenta la siguiente anécdota (Pág. 121):
“Una vez, en Madrid, un periodista me preguntó si en Buenos Aires había un Aleph. Casi cedo a la tentación y le digo que sí, pero un amigo intervino y señaló que si un objeto semejante existiera sería no sólo la cosa más célebre del mundo sino que revolucionaría toda nuestra concepción del tiempo, la astronomía, las matemáticas y el espacio. ‘Ah’, dijo el periodista, ‘entonces usted inventó todo el asunto. Yo pensé que era verdad porque usted había puesto el nombre de la calle’”.
Si un sujeto de mediana instrucción (un periodista) puede fundar la sospecha de la existencia de un objeto de ostentosa imposibilidad (el
Aleph) en un hecho tan espurio (la mención de una calle), ¿qué no puede esperarse de la fe de un fanático
fubolero? Al menos en comparación (dicho sea a pesar de tanto imbécil que anda suelto y que empaña, todavía sin mancharla
(1), su hermosura) la fe de un fubolero no intenta imponerse coactivamente a otros (como no sea en la educación sentimental de la niñez
(2)) ni se despacha con inquisiciones u otras variantes imbéciles que son comunes en otras formas de la fe. Todavía es la fe de la niñez, la recuperación semanal de la infancia que postuló
Javier Marías. Benditos sean entonces todavía estos 22 salvajes-hijos-de-puta detrás de un balón.
(1) Porque “
la pelota no se
mancha”, dijo
un enviado.
(2) La foto muestra a un señor vestido de azul y de mostacho ladri, a la sazón mi viejo, en circunstancias en que se convierte en proveedor de educación sentimental para el loco bajito de su sobrino-nieto (el hijo del que tiene que pagar la mitad de un
Zacapa 23).